Después de cumplir dos siglos desde su aparición, el blazer sigue siendo una prenda usual en cualquier armario del 2019, aclara la revista Telva. La sencillez, comodidad y versatilidad se definen como características y causas de su actual presencia e inmortalidad en el mundo de la moda. El blazer se reconoce como un gran símbolo dentro de la historia de la lucha por la igualdad.

Sarah Bernhadt

 Sus orígenes se remontan a la historia de un club de remo femenino de 1825, el cual hizo uso de el blazer/bléiser como uniforme de equipo. Su nombre podría derivarse como consecuencia del color que caracterízava dicho uniforme, el color ardiente, que en inglés se traduce a «blazing red». Otros sitúan la explicación en 1837 cuando un capitán de apellido Blazer, encargó una prenda especial y novedosa en su época, para recibir la visita de la reina Victoria a su nave.
La adopción de la prenda por parte de las mujeres data su origen en 1870, cuando la actriz Sarah Bernhardt causó una revolución en París al usar un traje de chaqueta claro hecho a medida en algunas de sus interpretaciones teatrales más sonadas. Nadie lo había hecho antes y, aunque el pantalón escandalizó, la chaqueta masculina gustó y quedó grabada en muchas retinas.
Esta prenda también fue característica del movimiento sufragista pero su uso no se popularizó hasta que Coco Channel creó el primer traje de chaqueta femenino moderno, todavía con falda. Se robó el usual estilo de lo que representaba un hombre exitoso, su traje, con la intención de acomodarla a la silueta femenina. Quiso dar un empoderamiento a la mujer en forma de comodidad, novedad y estilo.

Yves-St-Laurent

también pasará a la historia como el artífice de adaptar las chaquetas de fumar de los hombres del siglo XIX a las mujeres del siglo XX. Llevar aquellas dos prendas, incluso ya avanzado el siglo pasado, pasó de ser un acto de moda a ser una contestación por la que la mujer que lo elegía se declaraba atrevida y feminista en un momento en el que el término todavía se percibía con connotaciones excluyentes. Además de las fotografías de Helmut Newton, Le Smoking -como el propio modisto bautizó su creación- ha dejado anécdotas elocuentes como el momento en el que el restaurante Le Côte Basque de Manhattan prohibió la entrada a la socialité Nan Kempner, amiga de YSL y pionera en el uso de su propuesta más icónica. Aquella mujer decidió quitarse los pantalones para poder ir a cenar y convertir su chaqueta en un minivestido con el que, ahora sí, le permitieron la entrada al establecimiento.
En las pantallas, producciones estadounidenses como Armas de mujer (1988) o Dinastía (1981-1989) nos dejaron imágenes de mujeres vistiendo chaquetas con hombreras superlativas y en las pasarelas un italiano, Giorgio Armani, comprende que la incorporación de la mujer al mercado de trabajo requiere eliminar el foco de su género y ponerlo en su talento. Sus chaquetas fueron un buen intento para conseguirlo, pero la consecuencia fue mujeres «disfrazadas» de hombres según numerosas críticas de la época. A finales de una década en la que el blazer fue la prenda estrella, Donna Karan se encargó de diseñar la que finalmente permitió a las mujeres vestirse para los negocios sin esconderse tras una silueta masculina.

Modelo desfile de Yves-St-Laurent

Durante los años 90 el blazer prácticamente desaparece del radar de la moda por incursiones como la de Marc Jacobs que, en 1993, subió a la pasarela a modelos vestidas con aire grunge y sin rastro de sisas, hombreras, talles o botonaduras como elementos tendencia. Pero incluso en aquella época desaliñada y en los años siguientes una buena chaqueta ha sido el objeto-ritual que ha marcado el paso a la edad adulta de muchas mujeres y la prenda casi fetiche para su entrada en el mundo laboral.
Ya en pleno siglo XXI, Balenciaga recuperó en su desfile de otoño de 2016 el blazer de clásico de los 80s, con cuadros y enormes hombreras e influencers como Man Repeller hicieron el resto. Desde entonces, la prenda ha sigue siendo tendencia. Larga vida.